RESILIENCIA

José Francisco Montejo Castro tiene 22 años y está cursando la carrera de derecho en la Universidad Privada Antenor Orrego (UPAO). A más de cinco años de ocurrida la catástrofe que azotó a Piura, aún siente miedo al recordar esa fecha; ese 27 de marzo del 2017 marcaría un antes y un después en su vida y en la de otras más de 427 mil personas. Cada vez que llueve siente miedo. Con cada lluvia recuerda el desastre que atacó a su pueblo sin previo aviso, con cada fuerte precipitación siente temor de que lo que le ocurrió a él, su familia y su pueblo se repita. Hoy sale a su patio a mojarse bajo la lluvia y luego de unos minutos el miedo vuelve y ruega a Dios que una tragedia así no vuelva a ocurrir en Piura ni en Castilla.

José se levantó temprano ese día como cualquier otro, alrededor de las seis de la mañana. Estaba tranquilo pensando en que el río no se saldría, casi como si no lo creyera. Su mamá, que en ese entonces tenía 62 años, desesperada intentaba guardar unos materiales de arquitectura que había comprado hace poco para el pequeño negocio familiar que mantenía.

-Oye, han dicho que posiblemente se salga el río. José, mirándola le dijo:

-No, no creo ¿Cómo se va a salir el río?, ¡estás un poco loca!

-¡No, es que han dicho que sí por las fuertes lluvias!

Luego de ayudarla un rato, intentando calmarla convencido de que no iba a pasar nada malo, salió a recorrer hasta llegar al Colegio San Gabriel cercano a su casa cuando se percató del innegable desastre que estaba ocurriendo. Se devolvió corriendo con dificultad, ya que había salido con la ropa que solía usar en casa: crocs, shorts y un polo, una polera básica con cuello y botones en la parte superior delantera. Al llegar se encontró con su casa inundada, su madre llorando y el descontrol de su hermana y sus dos hijas. El agua había llegado antes que él. Hace poco su padre, que trabajaba en Arabia y no se encontraba con ellos en el momento de la catástrofe, había comprado un refrigerador nuevo y grande para su familia. La fuerza del agua lo había volteado. Ante el desorden, comenzó a levantar objetos de la casa como televisores, ropa y artículos pequeños intentando rescatar algunas cosas materiales de las pérdidas, poniéndolas en las zonas más altas de la casa como repisas o llevándolas al segundo piso.

En solo media hora, así de rápido, el agua ya alcanzaba unos 60 centímetros de altura. No alcanzó a salvar más cosas, se perdieron muebles y gran parte de los materiales del negocio de su mamá. Los plotters, unas máquinas de impresión bastante costosas que suelen comprar quienes se dedican a la arquitectura y el diseño, habían sido dañados irreparablemente por el agua.  Media  hora  más  tarde,  el  agua  ya  alcanzaba  un  metro con 20 centímetros en los edificios Monterrico, el doble que en la primera media hora al frente, en la casa de José.

El teléfono sonó. Era uno de sus primos avisando que irían, junto a sus tres hermanos y su papá a su casa a ver cómo estaba la situación y a ayudar en lo que se pudiera. José insistió en que no se molestaran en ir, ya   casi todo lo material estaba perdido. Aún así los primos se pusieron en marcha para ir a visitarlos.

Una  vez  que  llegaron,  intentaron  rescatar  algunas  últimas cosas del desastre, cuando de pronto con uno de sus primos escucharon por la ventana a una señora mayor, de unos 65 años, que a gritos buscaba a su hijo. José y su primo salieron a ayudar a la mujer.

–    ¡Alonsito, Alonsito, Alonsito!, ¡Ayúdenme a encontrar a mi hijo por favor!

–    Primo: Luego empecemos a gritar para que salga

–    José: ¿Señora a donde se ha ido su hijo?

–    Señora: Ha venido por acá, ayúdenme, ¡mi Alonsito!

Cuando Alonsito apareció, resultó que era un hombre de casi 1.80 y de treinta y tres años.

–   Primo: Señora, Alonsito ya tiene hijos, ya está viejo, ¿Por qué le dice Alonsito? -entre risas, porque pensaban que era un niño pequeño perdido-

Luego de este cómico episodio, volvieron a entrar a la casa a seguir buscando entre el agua objetos que aún siguieran en buenas condiciones para ponerlos a salvo.

Dentro de la incertidumbre y caos que se vivía ese día, José recuerda con gracia otra anécdota ocurrida en la casa a una hora del desastre, una vez que llegó uno de sus primos a ayudar. Empezó a gritar que había un cocodrilo; se trataba de un peluche muy grande que sacó por debajo del agua en la pieza de juegos de las sobrinas pequeñas de José.

Los municipios comenzaron a enviar ayuda a las zonas afectadas, el agua ya alcanzaba una altura de un metro setenta en los edificios frente a su casa, 7 centímetros más que lo que él mide. Las personas no querían salir de sus casas ya que no faltaron quienes se aprovecharon de la caótica situación para acercarse a los edificios y robar artículos que aún se encontraban en buen estado.

Llegaron tractores y maquinaria para evacuar a las personas y empezar con las operaciones de ayuda y rescate. La mamá y hermanas de José fueron sacadas de su casa en brazos de él y su primo. Un desconocido, al ver a la mujer y las niñas en shock, se ofreció a trasladarlas en su Ford Raptor a un puente cercano a la casa de una tía de José. Una vez que llegaron y se bajaron del auto, fueron rumbo a la casa de la tía para quedarse ahí por un tiempo.

Lo que pasó esa noche con José y sus primos camino a la casa de su tía fue dramático. Para pasar de un distrito a otro tenían que atravesar toda la zona inundada camino al puente, ayudándose de cuerdas y sogas porque la intensidad de la corriente era tan fuerte que era prácticamente imposible mantenerse de pie. Quien se resbalaba caía y debía ser ayudado por otros para salir del lodo. Para muchos -según cuenta José, sin especificar la cantidad- fue traumático, sin embargo, para él que se caracterizaba por su calma y serenidad además de sentido del humor y optimismo, lo recuerda como algo que solo sucedió y contra lo que actuó por inercia intentando salvarse de la situación, avanzando hasta atravesar el puente junto a sus primos y tío que lo acompañaban.

Transcurrida la primera noche en casa de la tía de José, él y su primo volvieron a su casa a seguir registrando y buscando cosas. Al llegar José se sintió desolado; la moto Suzuki que se había  comprado hace apenas unos meses ya no estaba. Para su consuelo, su auto seguía intacto y logró rescatarlo.

Un día una amiga de José los visitó. No había ni siquiera una silla donde sentarse. Se la presentó a su madre, quien entre lágrimas le pedía disculpas por no tener nada que ofrecerle. Se sentaron en el suelo a conversar. La discusión giraba en torno al amueblamiento de la casa: los sillones que tenían que comprar, las camas, cada objeto para poder volver a dar vida y funcionalidad al hogar y empezar de cero. Las camas estaban en buen estado pero por la cantidad de días que estuvieron húmedas el olor que desprendían era inaguantable según cuenta José, además, su mamá quiso despojarse de ellas y de otros objetos para no saber más de estos y los malos -y tristes- recuerdos que estos le traían.

Dos semanas y media después, los vecinos de la zona se unieron y contrataron un sistema para lograr hacer descender el agua y despejar el lugar, salvo uno, que se negó a prestar su ayuda y participar de esta obra de colaboración entre los vecinos afectados. José cuenta con decepción este suceso, pues todos los otros vecinos estaban dispuestos a ayudar al resto y poder salir juntos adelante. Exceptuando a ese hombre, la empatía y ayuda entre vecinos seguía latente. Fueron algo así como 6 días de operativo quitando el agua del barrio, días en los que la mamá de José no visitó la casa.

Una vez que ya estaba la zona despejada, volvieron con su mamá a casa. Una vez adentro, una capa de 15- 20 centímetros de lodo los esperaba. El olor era insoportable. Una vez que terminaron de limpiar el primer piso se encontraba vacío, no había nada. Su mamá lloraba, había perdido joyas, ahorros, todo. El olor era putrefacto y estaba lleno de mosquitos, el solo acercarse provocaba arcadas en él. “Un olor a tubería cuando están malogradas, todo Miraflores era un foco infeccioso, ya que empezaron a salir zancudos, dengue, todo ese tipo de cosas”, recuerda José.

Poco a poco la familia se fue levantando. Compraron cada objeto hasta lograr equipar por completo la casa y volver a la rutina que conocían antes del fenómeno, recuperar la vida que mantenían y que había sido azotada por fuerzas de la naturaleza incontrolables por ellos. Pero su vida no volvería a ser la misma, ni por mucho que lo intentaran.

A pesar de la dura y traumática experiencia, se sentían afortunados por su situación económica, pertenecían a una clase media-alta lo cual les permitió comprar todo lo necesario para  empezar  una nueva vida en su casa, sin embargo, no era la situación de otros más desfavorecidos. Esta  situación  les  dolió  como  familia  e  intentaron  ayudar  lo  que  más pudieron.  Enviaron  “víveres”,  o  como  conocemos  en  Chile,  mercadería  o  toda clase de alimentos y artículos de primera necesidad a familias de escasos recursos.

En la cabeza de José se repetía una y otra vez la pregunta, ¿qué pasará con las personas de Pedregal Chico?, una zona rural y pobre de la región de Piura. Pensaba en sí mismo y todas las comodidades que tenía. Él y su familia sentían pena y no dudaron en ayudarlos pese a los problemas que ellos atravesaban.

Lo que más le dolió fue ver a su madre destrozada frente a la pérdida de todas sus cosas, el miedo en sus ojos, su tristeza. Más que las pérdidas materiales, nada le afectó más que la pena de su madre. No soportaría ver a su madre así otra vez y cargar con todo ese dolor. En cuanto a él, se mantenía siempre sereno y con un sentido del humor chispeante.

Cuando ocurrió el episodio del peluche de cocodrilo, él y su primo reían y disfrutaban ese pequeño momento de risas dentro de todo lo terrible que estaba sucediendo. José tomó fotos de su primo posando con el cocodrilo y a modo de broma, lo subió a Facebook. “Y bueno, es parte de mi y yo todo lo tomo con gracia. Que es algo natural en mi reírme en cualquier tragedia” -cuenta José entre risas-. Sus amigos y cercanos no tardaron en reaccionar y criticar el hecho de que se riera en una situación como esa en donde todo un territorio era afectado por un desastre natural de tan alta magnitud, pero José es enfático en que no le quedaba más que reír en esa situación y llama la atención la tranquilidad con que menciona que lo habían perdido casi todo.

Actualmente el joven siente miedo de que una catástrofe así vuelva a ocurrir y señala que Piura es una zona abandonada que no se encuentra preparada para otra catástrofe de esa magnitud. Es crítico con las autoridades y desconfía de las reales intenciones de ayuda hacia el pueblo de la zona, es más, dice que estos solo se postulan como dirigentes de la región para robar. El gobierno regional había recibido altas sumas de dinero para preparar la zona, sin embargo, los fondos no se destinaron para este propósito.

Con el Fenómeno del Niño, José cree que su mayor aprendizaje fue mantener su serenidad y calma.  Mantenerse tranquilo y esperanzado en todo momento fue durante la catástrofe y después  una  de  sus  mayores virtudes. Con esto ayudó no solo a su madre y cercanos a mantener la calma, sino también pudo mantener su mente enfocada y ser de utilidad para la recuperación de la zona, ayudando en vez de paralizarse por el miedo y la angustia.

Durante los días en que removieron todos los objetos de la casa que ya no servían y que, por insistencia de su madre, botaron para deshacerse de los malos recuerdos, muchos amigos y cercanos de José recurrieron a ayudar. José se autodenomina muy sociable y con facilidad para hacer amigos, por lo que tuvo un gran círculo de personas que lo socorrió a él y su familia en esos momentos, quienes hasta el día de hoy son sus amigos.

Hoy se encuentra con su familia en casa. Su papá, ingeniero mecánico eléctrico de 67 años, cambió de trabajo debido a la pandemia dejando Arabia detrás. Ahora está en Piura con su familia. José está trabajando con él en terreno con maquinarias. Él se dedica a las letras, su papá a los números y juntos se ayudan y complementan. José le dio asesoría legal y le ayudó con los contratos, recibiendo porcentaje a cambio. Luego de un tiempo le propuso vender el terreno  ya  que  consideraba  que su papá estaba viejo para seguir trabajando, a lo que él accedió. Vendieron el terreno y José se quedó con el 10%. Era tanto dinero que no sabía qué hacer. Se compró un Jeep y el resto decidió ahorrarlo.

Cuando recuerda las lluvias e inundaciones, dice que es como una espina dentro suyo. Si bien no considera haber quedado fuertemente traumado, esta espina sigue clavada en él y cada vez que llueve fuerte tiene flashbacks sobre lo sucedido y el miedo a que ocurra otra vez.

Ahora está enfocado en terminar su carrera universitaria de la cual le falta un año y medio, la cual asegura que le apasiona. También le apasiona viajar y manejar su Jeep, lo cual le resulta fácil ya que aprendió a manejar a los 14 años y desde entonces no ha parado. Lleva una vida tranquila y su personalidad se mantiene como siempre, serena.

El fenómeno del Niño fue una catástrofe desastrosa. José fue el único hombre en su casa mientras este suceso ocurrió, lo cual podría parecer una carga para él, pero que en su caso personal,  le  jugó  a  favor  su  personalidad  tan  tranquila.  Dentro  de  todas  las  pérdidas materiales sufridas en su familia pudieron salir a flote, literalmente, pese a las inundaciones que  golpearon  a  Piura.  Se  levantaron  como  familia  y  ayudaron  a sus vecinos y a otras familias desconocidas de menos recursos. José contó con el apoyo de sus amigos y siempre supo sonreír y sacar una sonrisa a todo quien se encontrara a su alrededor durante todo ese periodo de tiempo con su sentido del humor y liviandad para tomarse las situaciones. Una de las lecciones más importantes que rescata, es haber mantenido siempre la serenidad y valorar las grandes amistades que lo acompañaron siempre, fruto de su personalidad muy sociable.