LA ESPERANZA DE SALIR ADELANTE

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El padre Da Silva Guerra llegó en el año 2016 a la ciudad de Piura tras ser trasladado de establecimiento para así poder seguir transmitiendo su conocimiento religioso en una nueva comunidad estudiantil. Mientras narra sus primeros días en el Don Bosco de Piura, recuerda emotivo el entusiasmo que sentía de comenzar una nueva etapa en su vida.

Nació en Iquitos, la séptima ciudad más poblada del país, rodeada por los ríos amazonas, Nanay, e Itaya, y el lago Moronacocha. El clima es ecuatorial, con precipitaciones todo el año y alcanzando temperaturas desde los 24 a 33 grados centígrados, para Pedro no fue difícil adaptarse a su nuevo hogar porque las condiciones climáticas de Piura eran muy parecidas a las de su ciudad natal. Durante esta etapa de la entrevista cuenta desbordando alegría su niñez junto a sus padres “de niño me bañaba en las lluvias, a pesar de que a mi mamá no le gustaba, aprendí a nadar en ríos cercanos a mi casa y siempre me sentí muy cerca de la naturaleza”.

Algunos de los rasgos más importantes del educador salesiano ha sido y continúa siendo, el ser portador del amor de Dios a los jóvenes que necesitan ser comprendidos y queridos, ser también presencia viva de Cristo y tratar siempre de concatenar el estudio, el deporte, la disciplina y espontaneidad; sin descuidar los medios naturales que contribuyen al equilibrado desarrollo de todas las facultades humanas.

Cómo la fe salvó y unió a la comunidad

El fenómeno del niño dejó al colegio devastado, y nuestro sacerdote Pedro Da Silva Guerra muy vulnerable “la inundación es desolación, no encuentras más que penumbras y dolor”, la angustia se refleja en su rostro mientras recuerda el 25 de marzo del 2017.

Los administradores y personal de servicio del colegio Don Bosco de Piura estuvieron desde diciembre del 2016 pintando y preparando las instalaciones para que sus estudiantes iniciaran un nuevo año escolar en un espacio mejorado y adaptado a sus necesidades. La inversión se perdió completamente, “creíamos que después de esto no habría más porque la ciudad entró en una situación económica crítica”.

Entre diciembre de 2016 y mayo de 2017 se declaró formalmente el fenómeno de “El Niño costero”, el impacto de las lluvias e inundaciones lo definió como el desastre natural más intenso de los últimos cien años en Perú. El sacerdote salesiano cuenta que durante la madrugada escuchó que el río se estaba desbordando pero que les habían informado que la inundación sería controlada hasta la altura del tobillo. Hasta ese momento sintió tranquilidad, vio la situación como una nueva experiencia y dejó todo en manos de Dios. Cuatro años después recuerda con angustia cómo el desborde del río Piura destruyó la ciudad, más de un millón de afectados y 200 mil damnificados.

El sábado 25 de marzo, Pedro inició su día con la esperanza de poder reunirse junto a sus estudiantes y todas aquellas personas que asistían a la misa matutina. Pero a las 6:45 de la mañana todos sus planes se derrumbaron, el agua del río Piura se estaba apoderando de las calles, el colegio y hogares.

“Cuando vimos la magnitud del desastre nos preguntamos ¿qué vamos a hacer?, no teníamos los medios ni los elementos necesarios para sacar el agua del colegio” cuenta el sacerdote, mientras el movimiento de sus manos reflejaba la desesperación y el nerviosismo que sintió en el momento.

Su primer pensamiento fue la comunidad y cómo el futuro de los estudiantes se vería afectado. Rápidamente, junto a los otros cuatro sacerdotes salesianos intentaron minimizar los daños dejando en altura la mayor cantidad de cosas que estaban más cerca del suelo. Pero los intentos por rescatar los bienes materiales del colegio fueron en vano, y a pesar de que junto al personal de servicio había diez personas luchando contra el agua, las fuerzas y el tiempo no fueron suficientes, el agua rápidamente ingresó a las salas de clases alcanzando un metro 60 centímetros de altura.

Las primeras horas fueron de angustia para Pedro porque, además de tener la preocupación por el daño que estaba sufriendo la infraestructura del establecimiento, tuvieron que salvar las vidas de dos padres longevos que no podrían protegerse de la inundación, junto al personal de servicio consiguieron camillas para trasladar a los sacerdotes a otra comunidad salesiana más segura. Hasta el final del día se quedó él junto al actual director de la escuela, el padre Ángel quién se había incorporado ese año a la escuela.

El personal de servicio iniciaba su jornada laboral a las seis de la mañana, en el momento de la catástrofe dentro del establecimiento había diez personas realizando sus labores, todos ellos estuvieron con la preocupación de no poder resguardar sus hogares ni sus familias, los teléfonos perdieron la señal y las calles se inundaron quedando intransitables.

Durante el fenómeno nueve de cada diez habitantes estaban aislados, y Da Silva Guerra no vivió una excepción, las autoridades bloquearon las entradas que tenían hacía el río desbordado, “sentí incomodidad, sólo quienes lo vivimos podemos expresar lo que se siente ver cómo todo se va desbordando sin control y no poder hacer nada”. Según el Informe Situación Perú los daños provocados sobre la infraestructura de Piura se evaluaron en US$4.016 millones, esto considerando viviendas, establecimientos de salud, educación y locales públicos.

Pedro recuerda con tristeza que sintió que perdía a sus alumnos y mientras sus ojos lagrimean un poco dice “un colegio inundado y desolado da la sensación de que se perdió todo”. Le rezó a Dios y en sus conversaciones con él le pidió que guiara su camino para poder reparar el punto de encuentro donde sus estudiantes se reunían para aprender y seguir inculcando en su vida los valores salesianos.

Las pérdidas del colegio Don Bosco estuvieron evaluadas en un millón de soles, la periferia del establecimiento se vio muy afectada por la inundación del agua y la debilitación del salitre en los muros de la infraestructura. Los administradores del establecimiento salesiano creían que contaban con los recursos económicos para levantar nuevamente el colegio pero no fue así, Pedro vio como todo se oscurecía a su alrededor, pero la sorpresiva solidaridad de las personas iluminó nuevamente sus vidas, el camino hacia la reconstrucción era largo pero junto a la comunidad comenzaron a recorrerlo de la mano.

La misión salesiana

“A veces creemos que el ser humano no puede ser solidario, pero nos dio un golpe duro” dice el sacerdote mientras su rostro se ilumina de alegría y orgulloso recordando el momento que vio cómo su comunidad salesiana llegaba a levantar los escombros que dejó el desastre natural, se convenció de que lo que la institución y él profesaba, y sigue profesando, marcó a sus alumnos.

El domingo 26 de marzo del 2017 comenzó oficialmente la reconstrucción del establecimiento, durante la noche y madrugada los grandes patios habían absorbido unos centímetros del agua que inundaba, pero eso no fue suficiente. El colegio fue el único de la ciudad que se vio perjudicado con el desborde del río Piura y por eso recibió gran apoyo de los vecinos  y  la  comunidad,  “estuvimos  una  semana  completa  sacando  el  agua con motobombas, tuvimos que pedir ayuda a Lima y a otras personas de buen corazón que apoyaron con máquinas” mencionó Pedro.

Durante la primera semana los sacerdotes junto al personal de servicio y más de cien voluntarios (alumnos, exalumnos, familias y vecinos de la comunidad) se dedicaron a sacar el agua de los patios y salas del establecimiento con las motobombas para ver lo que dejó el desborde del río y así medir los daños provocados. El trabajo que hicieron desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde sin descanso dio como resultado 50 centímetros de barro mezclado con desechos que venían de la ciudad de Piura y La Castilla.

El colegio abría sus puertas a las seis de la mañana, algunos de los voluntarios se encargaban de la recolección de pan, café y leche para preparar el desayuno de quienes apoyaban en la reconstrucción y trabajo pesado, Pedro dice orgulloso “las manos solidarias eran lo que más nos sostenía”. El trabajo fue de “hormiga” todos colaboraban de la mejor manera y con voluntad para ver que servía, seleccionando la infraestructura y elementos del colegio que podían repararse.

Las personas que llegaban hicieron sentir que el establecimiento no solo era una entidad educativa sino que también una casa. El sacerdote recuerda a niños y adolescentes que asistían a la escuela ayudando con el agua hasta la altura del pecho, sus ropas mojadas, arriesgando su salud y vida por la que llamaban “su casa”. Algunas de estas personas o soldados del ejército que llegaron a reconstruir se contagiaron del virus Dengue por falta de medidas de higiene y el no acceso a agua potable.

A pesar de que Perú es un país con frecuentes fenómenos climatológicos la ciudadanía y las infraestructuras no estaban preparadas para soportar el desborde de un río. “No hubo día que no llegará con barro y olor a desagüe”, el agua arrasó con todo a su paso, destruyendo todos los bienes materiales dentro de una casa y cañerías de agua que llevaban desechos humanos.

Volver a levantarse

La comunidad salesiana de Piura se considera hija de María Auxiliadora, por lo que en auxilio de los estudiantes se propusieron dejar listo el establecimiento para iniciar las clases, devolver la tranquilidad a las familias y seguir inculcando los valores salesianos en ellos. La celebración de la virgen para ellos inicia un mes antes del día de la festividad y así el 24 de abril lograron abrir oficialmente sus puertas.

La alegría fue inmensa, “el agradecimiento es infinito a las personas que se solidarizaron con la obra, la virgen lo ha hecho todo” mientras sonríe, después de la catástrofe que vivieron pudieron tener limpios los patios para que los niños pudieran volver a reencontrarse a jugar. Cada uno estaba donde tenía que estar, cada persona que llegaba a colaborar con una escoba o una botella de agua en sus manos era bienvenida y servía.

A pesar de que el estado es de total gratitud y agradecimiento hacía los jóvenes y personas que colaboraron, el sacerdote comenta que Dios lo ha ayudado a entender que no somos nada en la vida cuando ocurren las desgracias, pero somos muy fuertes cuando están los demás. “Hay dolores que uno los carga por dentro” y a pesar de que han pasado cuatro años de la catástrofe aún hay miedos y traumas que lo atormentan, en reiteradas ocasiones menciona que necesita ayuda psicológica para superar lo vivido.

Pedro, cree que el colegio no está preparado estructuralmente para sobrevivir a una nueva catástrofe natural de la misma magnitud y a pesar de que constantemente se mejoran los materiales del inmueble no es suficiente. Pero, la fe en la fuerza de la comunidad sigue intacta, tiene convencimiento de que juntos sí podrían superarlo a pesar de que la naturaleza les juegue en contra.

Pedro y la comunidad salesiana pueden decir que Dios los ha ayudado a volverse más fuertes, les dio fuerza cuando necesitaban reconstruir su colegio y salvó sus vidas enviándoles compañía y personas solidarias cuando creían que solos no podrían levantarse.