Terremoto y aluvión de 1970 en Yungay:

Sobreviviente del desastre: “Para los fallecidos era el fin del mundo y para los sobrevivientes fue el inicio de una nueva era”

Ernesto Gadea (63), sobreviviente del desastre, relata su experiencia en el terremoto y aluvión de Yungay –Perú– en el año 1970, enfatizando en el quiebre que produjo en su vida junto a las repercusiones emocionales que tuvo para él. Comparte la reflexión de un fin para un nuevo inicio; renacer. “Se cayó la vida. De la noche a la mañana todo lo que se tenía, ya no servía. No solo yo, todos. Renacer”, dice.

“Ese día lo tengo grabado en la memoria (…) Perdimos a nuestra hermanita, era una niña. Desapareció. Desapareció en el aluvión y no supimos qué fue”, recuerda con un tono pausado y suspensivo en memoria de los hechos.

El inicio de un desastre

En plena oscuridad y polvo, el cielo se ocultó y el sol desapareció. “Estábamos desconcertados”, afirma el señor Gadea tras recordar que un domingo como cualquiera, a las 15:30 horas, el memorable pueblo apacible se enfrentó a un terremoto interminable que no les permitía mantenerse de pie. “Era una violencia”, agrega mientras se toca su pelo color nieve con las manos.

El domingo 31 de mayo de 1970, en medio de la novena edición de la Copa Mundial de Fútbol que se jugaba en México, ocurre un movimiento sísmico de 7,9 grados en Áncash, seguido por un aluvión –provocado por el desprendimiento de la cima del nevado Huascarán– que sepultó a las ciudades de Yungay y Ranrahirca en menos de 30 segundos. Se estima que la catástrofe produjo un total de 70 mil fallecidos. Sin embargo, en la localidad de Yungay, fueron 20 mil las personas que perdieron la vida, y entre siete y ocho mil personas las que se constataron como desaparecidas.

Fuente: Andina, agencia peruana de noticias. 31/05/2019 Ancash, 1 junio 1970 / Terremoto de Yungay. Damnificados en medio de escombros en Huaraz.

El señor Ernesto, a diferencia de su familia que se fue a Yungay, decidió quedarse en Caraz por una actividad deportiva, por lo que al momento de comenzar el sismo se dirigió rápidamente a la cancha de fútbol en la que todos se abrazaron para resistir el movimiento telúrico. Cuando terminó el terremoto –que parecía interminable para Gadea– el pequeño niño de 11 años en ese entonces salió para dirigirse a su hogar.

Al momento de sacar el pie del Estadio, se encontró con el primer cadáver que vería en su vida. “Fue una cosa traumática. Nunca había visto cadáveres, personas sepultadas y a personas que pedían auxilio y no sabíamos dónde estaban”, señala el serrano con dificultad de expulsar palabras con su temblorosa voz. Asimismo, y según lo que escuchaba el menor durante el trayecto para volver con su familia, la Laguna de Parón se había salido y el cementerio se había caído y obstruido la carretera, por lo que las personas que querían ir a Yungay –debido a que los agricultores bajaban a las ciudades para ofrecer sus productos en la feria de los domingos y retornaban en la tarde con las ganancias– y habían sobrevivido como él, no podían. “Yo estaba medio desorientado y quise ir igual. Tenía que ir a mi casa y corrí y ahí me encontré con toda mi familia”, establece Ernesto luego de rememorar el suceso de hace 51 años.

“Perdimos a nuestra hermanita. Era una niña. Desapareció. Desapareció en el aluvión y no supimos qué fue”, afirmó con pena Ernesto tras recordar aquella niña engreída que le gustaba hacer espectáculos y bailes y que, sin esperarlo, no la volvió a ver más. Durante cinco días sus padres fueron a buscarla entre el desorden que había dejado el desastre, sin embargo, “después de eso no se dijo nada. Solo había llantos y silencio. Todo el mundo lloraba y nadie decía más”, dice. Tal como hijos murieron, madres y padres también lo hicieron, por lo que hubo un gran aumento de niños huérfanos que “parecían zombis”, por lo que las familias se dirigían a ellos y se los llevaban a sus propios hogares. De hecho, Ernesto relata que un sacerdote español se llevó a Europa –específicamente España– a vender aquellos niños. “Gracias a Dios la mayoría tuvo éxito”, afirma.

Lo que dejó la catástrofe

Aquella noche del 31 de mayo se registraron 25 réplicas sísmicas y ciertas avalanchas menores. La catástrofe dejó una marca. En el caso de Ernesto y su familia, ellos optaron por mudarse a Lima –la capital de Perú– específicamente en un departamento que se encontraba a dos cuadras de la Panamericana. Los grandes camiones pasaban uno tras otro y hacían un sonido <<bumm>> que la mente de Ernesto asociaba con el aluvión, y es que “en las noches el silencio hace que cualquier ruido se multiplique”. Sin embargo, el deporte lo ha ayudado a sobrellevar la pena y pese a que los sonidos están grabados en su cabeza y quizás en los de cuántos ciudadanos, éste los ve como un lejano recuerdo. “Uno va superando sus miedos”, agrega con la intención de buscar lo positivo de los hechos.

Él junto a su familia se dirigieron a Lima a estructurar una nueva vida y pese a que las nuevas circunstancias fueron un desafío –por ejemplo, por la discriminación hacia el serrano– Ernesto destaca haber tenido una vida familiar muy buena y en un buen colegio.

Su abuela: un pilar para la familia

En esa época no existía una conciencia social en torno al apoyo psicológico frente a situaciones traumáticas como ésta.

Ernesto – En realidad, ni siquiera se nos ocurrió.

Entrevistador – ¿Y cómo lo enfrentaron?

Ernesto – Yo creo que encontramos refugio en el dolor colectivo de toda la familia, yo tuve a mi abuela.

Su abuela fue una mujer criada a la antigua pero de mucha fuerza. Una mujer que fue educada para atender a su esposo y no para estudiar ni realizarse profesionalmente. “Las mujeres eran educadas para eso y de la noche a la mañana mi abuelo se murió. Ella tuvo que tomar las riendas y eso le forjó un carácter. Era generosa, pero era dura” agrega.

Ese carácter fue clave para ayudar a la familia a sobrevivir, a ir superando. No se hablaba mucho del tema, no era un tema familiar. Los temas familiares eran de alegría, de la comida. Nadie volvió a tocar lo vivido. “Yo creo que eso fue malo porque yo tenía otros hermanos más pequeños que les ha costado bastante superar este tema”.

Grandes actos de generosidad

“En estas circunstancias las personas afloran su verdadero yo. Si eres generosa, vas a actuar como tal”. El año 70 la economía rural peruana consistía básicamente en lo que las familias tenían en la huerta y lo que en el mercado compraban -pero en una mínima cantidad- bienes tales como arroz, aceite, manteca. No hubo saqueos al ser una ciudad familiar, todos se conocían entre todos. “No habían ladrones, podías dejar las puertas abiertas y no ocurría nada. Si me acuerdo que había un señor que tenía una tienda bien grande, y la gente necesitaba arroz, fideos y no había plata. Entonces la gente iba y él las entregaba”.

Funcionaba con el sistema de fiado, en donde los iba anotando para después cobrarles. Era por un acto de generosidad. “Ese tipo de actos sí los tengo presente, he sido testigo de eso”.

A Ernesto este tipo de acciones lo marcaron para siempre. “A los 11 años ya me daba cuenta de lo que era bueno y malo”. Generosidad en tiempos tan difíciles. Sin embargo, hubo un grupo que formó un comité que cuando las donaciones llegaban, se quedaban con los bienes, sin compartir con el resto del pueblo. “Había actos condenables, pero también actos de amor para aplaudir. Así es el ser humano”.

Renacer

“Ese día lo tengo grabado en la memoria”, dice Ernesto a medida que va contando su historia con la percepción de un niño de 11 años como lo era en ese entonces. Desorden, tristezas, llantos y silencios son algunas de tantas que describen la catástrofe. Sin embargo, al terminar la conversación, se le realiza una última pregunta.

Entrevistador – ¿Qué significa en una palabra o frase el desastre?

Ernesto – Renacer. No solo yo, todos. Se cayó la vida. De la noche a la mañana todo lo que se tenía, ya no servía.