RECUERDOS PREMATUROS

Olinda Espinoza es una profesora de primaria, que actualmente reside en Huaraz, capital de la región de Ancash a 3000 metros de altura, su nombre proviene del quechua, que significa amanecer. Ese amanecer dorado es como el sueño frustrado que tuvo de ser médico, el que la llevó a estudiar enfermería técnica por dos años y luego abandonarla, para no dejar solos a sus dos abuelos, ya que era la única nieta que tenían. Pese a esto, Olinda se convirtió en una persona multifuncional: estudió ballet y danzas tradicionales peruanas por cinco años, sabe hacer peluches -a los que ella humildemente llama manualidades- e incluso ha hecho clases de catequesis. Adora su profesión, a sus 30 alumnos los renombró como sus 30 “conejitos”, los cuales mima y adora tanto que hasta los padres de estos le han dicho: “Usted se preocupa más que yo por mis hijos”, todo esto a lo largo de 23 años de profesión.

Hoy, a sus 53 años recuerda su infancia en aquella ciudad tranquila en el valle de Callejón de Huaylas, donde todos se conocen con todos, y de cómo su abuelo policía siempre estaba atento si ella escapaba de casa a explorar lugares cercanos. La provincia de Huaraz tiene una blanca cordillera como telón de fondo, y su geografía permite disfrutar de hermosos paisajes, deportes de aventura, aguas termales e incluso glaciares. Los lugares que a Olinda más le gustaba visitar eran los Baños termales de Monterrey y las Ruinas de Huilcahuaín, zonas a las que accedía a pie, pero que ahora siempre se llega a través de la “movilidad”, con la modernización de los caminos y la inclusión de vehículos.

Olinda cumpliría dos años, su madre preparaba las celebraciones de la única nieta, sobrina e hija de la familia cuando, el sonido de las piedras del pavimento, hicieron al chofer del auto en que viajaban, preguntarse si era idea de él o era un terremoto, resultó ser lo segundo. Un terremoto de magnitud 7.8 arrasó con la ciudad y provocó un aluvión que sepultó Yungay, en Áncash. Días antes de la catástrofe, había un clima frío, con vientos fuertes, cielos nublados mezclados con una especie de tristeza se percibieron en el ambiente. Con el pasar del movimiento las casas caían, y la madre de Olinda derramaba lágrimas de angustia, preocupándose por su madre, que había ido al río a lavar ropa y a buscar un cordero para la celebración que nunca se pudo dar. 

Debido a la destrucción, la pequeña y su madre no podían llegar por los senderos normales y por una acumulación de miedo y por la inseguridad que conllevaba dormir en las casas, durmieron cerca de tres semanas en los autos. Olinda recuerda que su tío falleció atrapado y abrazado junto a su hija de cuatro años, demostrando lo que puede hacer un padre por amor a su hija, al igual que ambos, muchas familias murieron así en el sismo y siguen enterradas en la zona, ya que con la construcción de nuevos edificios, los constructores han encontrado a lo largo de los años: juguetes, comedores y las mismas personas. Olinda también recuerda que muchos niños quedaron huérfanos. Como anécdota, ella cuenta que retiraban en la plaza los cuerpos de los niños fallecidos, otros -como mencionó antes- no se pudieron rescatar y quedaron enterrados en la tierra, o desaparecieron.

Tras la hecatombe, la ayuda llegó vía aérea; aviones originarias de Huaraz lanzaron desde el aire frazadas, pollo, comida, para tratar de ayudar a los habitantes que sufrieron tanto con las pérdidas materiales, como humanas; ya que la ayuda terrestre era un gran desafío considerando las secuelas en las rutas y la magnitud de la ayuda, ya que se necesitaban grandes cargamentos para hacer frente a la tragedia dejó 75 mil fallecidos, más de 150 mil heridos, 20 mil desaparecidos y más de 3 millones de afectados.

Tras esto, Olinda le da un sentido a esta tragedia, recuerda como antes las cosas eran mejores, había más tranquilidad, las calles eran angostas y de adobe. Una tristeza ahonda en el pueblo porque murieron muchísimas personas. También hay historias que pasaron a través de las generaciones que aún llegan gracias a Olinda, ella recuerda la historia de una de sus vecinas: Amelia. Amelia era una señora que en la época del terremoto, era militar (capitán) y perdió a sus tres hijos en la tragedia; este hecho hizo que la mujer sufriera problemas psicológicos que la derivaron en la locura, Amelia repetía constantemente la frase:

– “Tengo que estar arreglada”

– “Tengo que estar arreglada”

Estas palabras iban acompañadas del sentimiento de esperanza de Amelia de ver a sus hijos de nuevo, a la hora del sismo ella había salido a comprar y al volver y ver su casa destruida por el sismo, pensó hasta el día de su muerte que sus hijos volverían para abrazarla y estar con ella.

– “Tengo que estar arreglada”

Tristemente el caso de Amelia no fue el único, muchas personas sufrieron trastornos mentales a causa del sismo.

Paralelamente en Yungay, un aluvión tapó todo vestigio del pueblo, matando cerca de 35 mil personas, surge una historia que recuerda Olinda y que registrada en archivos históricos, por ese entonces había un circo en la ciudad, y luego de la devastación un payaso guió a un grupo niños a una zona alta para estar a salvo del aluvión, recordemos que muchos niños quedaron huérfanos a causa del terremoto, algunos incluso perdieron a sus padres en el circo. Del total de sobrevivientes que fueron alrededor de 400, 300 correspondían a niños que perdieron a sus padres en la tragedia. También en Yungay destacó la estatua del Cristo Redentor que aguantó tanto el terremoto como el aluvión y quedó tal cual es: con sus brazos extendidos. Mucha gente se había ido a refugiar y a rezar en ese sector en el transcurso del sismo. Hoy en día, el Cristo y el cementerio son considerados como campo santo.

Escultura del Cristo de Yungay en el Cerro Huansakay donde también está cementerio de la ciudad.

Son tantas las historias que marcaron a estos pueblos que hoy en día aún hay nociones de que pueda volver a ocurrir algo similar, Olinda culpa al viento y al clima, los mismos que según sus familiares y conocidos hicieron acto de presencia, días antes de la tragedia. Pero con las construcciones actuales, los simulacros de emergencia con los de Defensa Civil y lo más fundamental el relato de esta historia a los niños, cambio sería la palabra que caracteriza a este pueblo que estando a 3000 metros de altura ha tenido que modernizarse y pasar de las antiguas casas a edificaciones más modernas y seguras que resistan lo que podría ocurrir con las réplicas o un futuro terremoto.