JOSÉ Y EL QUIEBRE DE HUARAZ

Era un 31 de mayo del año 1970. El partido de Rusia y México recién había terminado. No solamente eran los rusos y los mexicanos quienes gozaban la inauguración del campeonato México 70, sino que también, y no tan lejos, se encontraba el joven peruano de 15 años, José Antonio Salazar Mejía, escuchando a través de su radio el resultado final del partido, 1 a 1. El niño, junto a su familia, vivían en ese entonces en Huaraz, Perú.

Huaraz es una ciudad que se encuentra al norte de Perú, y es precisamente la capital de la Región de Áncash. Debido a su ubicación geográfica, es una zona de actividad sísmica marcada. La mayor actividad sísmica del área se concentra en el océano, aproximadamente a 80 kilómetros de la superficie. Ahí, toman contacto la placa tectónica marina con la continental. A lo largo de la historia, esta zona ha sufrido varios sismos: 1951, 1956 y 1962. Sin embargo, no se comparan con el terremoto de 1970, el cual es considerado como uno de los eventos más catastróficos que ha vivido el país en toda su historia.

Para José, el día previo al terremoto se le quedó muy grabado. Él cuenta que esa noche les tocó jugar voleibol a las mujeres de su colegio contra otra escuela de la zona. Como el chico era el presidente de su aula, una de las jugadoras de la selección se le acercó para decirle que le trajera un corte de pisco. Siendo el delegado de su generación, hizo lo que se le pidió y por primera vez, su escuela ganó un partido. Como consecuencia de la victoria, todos salieron a celebrar. Mientras festejaban, habían decidido que realizarían una ceremonia el lunes siguiente para conmemorar el triunfo de las chicas. Sin embargo, tal hecho nunca sucedió.

Al día siguiente, y justo después de que se había terminado el partido de fútbol, toda la familia de José fue a hacer lo suyo. Su hermano mellizo fue a una cita al cine, mientras que él y sus padres se quedaron en casa. Sus papás se fueron a descansar, ya que era la tarde y querían tomarse una siesta. Y él, siendo un fanático del dibujo, se sentó en su habitación a bosquejar. En menos de media hora, la tierra comenzó a remecer. Ninguno de los tres había sentido un movimiento tan fuerte como este.

El reloj marcó las 15:23 y, sin ninguna predicción, todo se comenzó a mover. Tomando en cuenta que Huaraz es una ciudad en donde los sismos son comunes, José no le tomó tanta importancia a la actividad sísmica en un comienzo, sintió mayor preocupación hasta minutos después.

Es un temblor más, va a pasar, va a pasar, pensaba.  Pero aquel movimiento no paraba , no fue un temblor más. Cuando José se dio cuenta de que el movimiento no iba a parar, intentó salir de su casa. Sin embargo, se encontró con mucho humo, ambiente polvoriento y con las tejas de su propio hogar cayéndose frente a él impidiéndole la salida. Huaraz, se destacaba por sus calles estrechas, sus pintorescas casas de adobe y el hecho de que todos los habitantes se conocían entre ellos. 

No más casa ni colegio. Los días siguientes del fuerte sismo, estaban alejados de lo que se podía llamar cotidianidad. Buscar amigos muertos, desaparecidos o heridos, era la actividad diaria. Para un joven como José, los 45 segundos que duró la tragedia acabaron con su vida antigua, con su vida normal.

Con una magnitud de 7.9 grados y con el epicentro en el Océano Pacífico a 64 kilómetros de profundidad, el sismo dejó secuelas atroces en tierra firme. En Huaraz, el 80% de las viviendas colapsaron, incluyendo la escuela de José. En cuanto a personas, murieron más de diez mil personas, perdiendo un 50% de la población de las regiones afectadas. A pesar de todo, la familia completa de José sobrevivió. De los dos únicos cines que había en Huaraz, justo no se derrumbó el cine en el que estaba el mellizo del niño, mientras que el otro, quedó horriblemente destrozado. De haber ido al otro cine, la historia sería diferente. A la vez, sus padres, al igual que José se encontraban en casa. Después del terremoto, esta quedó inhabitable, no obstante, resistió lo suficiente para no aplastar a la familia. 

Junto a su familia, comenzaron a dormir en el corral de su terreno. En ese momento, su sentimiento de esperanza se aferraba a que por lo menos tenían un pedazo de su casa, algo que muchos de sus conocidos de la zona no tenían. Un par de días después, escucharon una ambulancia con un altoparlante que ordenaba a todos los supervivientes a abandonar la zona. La cantidad de muertos podría terminar produciendo una plaga, por lo cual tendrían que empezar a fumigar. Juan y su familia consideraron esto como un mensaje inapropiado.

Esto no se percibió como ayuda, sino como una obligación de abandonar el hogar. Se avecinaba un bombardeo para contrarrestar la esencia de los muertos aplastados que seguían pudriéndose en la ciudad.

Tras desalojar la casa, tuvieron que improvisar carpas a las afueras de la ciudad. No tenían nada. Pudieron llevarse lo más mínimo, un poco de ropa, abrigo y un par de frazadas. La familia vivió ahí durante 20 días durísimos. Tenían que buscar comida y pasaban tanto hambre como frío. 

Sin embargo, había un detalle que aún mantenía a José aferrado a su realidad, su vida antes del terremoto. El fútbol. Al tercer día de su vida de campamento, Perú con Bulgaria jugaba en México. Al igual que al inicio del relato, lo único que querían ver los sobrevivientes, era el partido. Buscaban pilas como si fuera oro para poder ver el enfrentamiento. Perú ganó el partido. Dentro de toda la desgracia, todavía algo les entregaba alegría y esperanza.

En la zona de campamento había de todo; niños sin papás y papás buscando a sus hijos. No había ningún tipo de organización, nadie podía hacerse cargo; la mayoría de la policía había muerto debido a la catástrofe, por lo que carecían de autoridad. Los trabajadores de una mina cercana intentaron ayudar. Ante la angustia tremenda de algunos por no encontrar a sus seres queridos, procedieron a buscar cadáveres por la zona. José se preocupó mucho por sus compañeros, intentando buscarlos a ellos y sus familiares. 

Sin embargo, el hecho de recolectar cadáveres era algo que limitaron para los niños de la edad de José; no los dejaban ayudar, ya que era un trabajo muy impactante y doloroso. José lo mandaron a otra zona a preguntar cómo estaban los familiares de sus amigos y/o gente conocida. Él iba al registro a ver quienes habían fallecido, también consolaba a quienes habían perdido a sus seres queridos. Por más de que esta tarea no era tan complicada como el hecho de ver explícitamente cadáveres, igual era algo muy emocional. El acontecimiento de consolar a aquellos familiares que habían perdido a seres queridos, era algo muy duro. No obstante, su hermano se llevó la peor parte, dado que estaba en el cine al momento del sismo, su retorno a casa fue muy angustiante. El hecho de no saber si en casa estaban bien o no mientras caminaba por el lado de cuerpos muertos y dañados, no era algo fácil de procesar.

Al recolectar todos los cadáveres en una fosa común, se intentaba reconocerlos, sin embargo era una tarea imposible. Estaban todos llenos de sangre y polvo, además de notoriamente hinchados por el calor. Fueron diez días incomunicados, hasta que comenzó a llegar el ejército y enfermeras. La comida caía de los paracaídas y se veía llegar a gente caminando al lugar.

En cuanto al tiempo de mayor incertidumbre, su familia estuvo casi 10 días durmiendo en carpa antes de trasladarse a Piura, una ciudad a un poco más de 500 km de Huaraz. Su hermano abogado, quién vivía allá, llegó caminando a buscarlos. José, por más de querer quedarse en su ciudad con el fin de seguir ayudando, ya estaba dispuesto a salir e irse del pueblo. “Quedarse en Huaraz, se venía julio y la helada es terrible, las noches son muy frías”, pensaba.

Aunque el hecho de haber logrado salir de Huaraz vivos haya sido una fortuna, también terminó siendo un cambio de vida. El sentimiento de no tener identidad, de haber perdido todo, hizo que José madurara completamente. Él reconoce que lo tenía todo.  

Para José, además de sufrir una pérdida de identidad, sufrió pérdida de su esencia. Cuando era chico, se definía por ser un niño muy religioso y espiritual. Los que lo conocían pensaban que su destino iba a ser, ser cura. Hasta él mismo estaba convencido de eso. Sin embargo, el terremoto fue un quiebre en su fe. Un quiebre que pudo arreglarse, pero su camino de vida se distanció de la iglesia hacía otras vocaciones. 

Hoy, a 51 años de la catástrofe, José Antonio Salazar Mejía nos cuenta su historia. A primera vista, está lejos de ser el joven que presenció la catástrofe. Sus canas que le cubren gran parte del rostro, debido a su abundante barba, transparentan varios años de vida y experiencias. Es un hombre adulto, de 66 años. Un hombre adulto de 66 años que aún no olvida ni supera el trauma provocado por el terremoto de Áncash.

Mirando al pasado, José tiene una mirada sumamente crítica al trato que recibieron las víctimas por parte de la autoridad. La prepotencia y la poca empatía son los recuerdos que el trato recibido por parte de los militares dejaron en su mente. No eran tiempos tranquilos políticamente en Perú, y eso se vio plasmado en cómo manejaron la situación.

La dirección estatal estaba conformada por una Junta Militar que buscaba establecer un nuevo orden económico, social y cambiar el estado de la nación. Los efectos de una catástrofes como el terremoto de Áncash en medio de los procesos institucionales del país no fueron más que desastrosos.

José, al volver después de un año del sismo, vio a su ciudad totalmente destruida. Todas las casas estaban demolidas. Producto de eso, nadie podía reclamar el sitio de su casa, y aunque todos sabían en qué terreno se ubicaban sus casas, debían comprar de todas formas el lote. Además, para comprar cada terreno, se debía pagar a los militares con dinero “contante y sonante” lo que no fue posible para una gran cantidad de locatarios. Muchos de los sobrevivientes sufrieron esta injusticia y armaron campamentos a las afueras de la ciudad. Esos campamentos se convirtieron en los nuevos barrios.

Hasta el día de hoy, José guarda rencor a cómo su país manejó las cosas y cómo aún las sigue manejando de manera inadecuada. El gobierno no quería recibir ayuda y no sabían qué hacer con una situación así. Ahora, hay construcciones en zonas de peligro de aluvión y edificios de hasta 15 pisos en la ciudad de Huaraz.

– No aprendemos…

Cuando el joven pudo retornar a su ciudad, fue dirigente estudiantil y peleó para que hubiera una universidad en la región. Sus fuertes ideales y determinación lo llevaron a dos destinos, primero a terminar en la cárcel por su rol de dirigente, y segundo, a convertirse en profesor.

Actualmente, José sigue viviendo en Huaraz. Los únicos años que pasó lejos de la localidad fueron el año y medio que siguió al terremoto. Trabajó por más de diez años como docente y director de cultura en la región de Áncash. Ya no trabaja, sino que es estudiante de un doctorado en historia. Se dedica a la escritura y a la investigación. 

Aunque ahora es adulto y tiene otras dedicaciones, José aún recuerda con detalle todas sus aspiraciones de cuando era joven. Su gusto por el deporte y, evidentemente, el dibujo. Otro detalle que marcó mucho la adolescencia de José y, toda su vida, fue haber sido un mellizo.

“Ser mellizo es una situación muy especial porque tú convives con una persona todo el tiempo”.

José fue el segundo en nacer, con 40 minutos de diferencia. Algunos dicen que más de diez minutos ya los hace dejar de ser mellizos. Además de su nacimiento, José siempre se ubicó detrás de su hermano. Su mellizo era el mejor alumno y él lo secundaba. Cuando tenía problemas, lo imitaba a él. 

Le costaban mucho más las cosas, como las matemáticas, pero en su mente siempre predominaba el pensamiento “si él lo hace, ¿por qué yo no puedo hacerlo? Una vez un médico que conoció, le dijo a José que sin su hermano él no hubiera sobrevivido. Él había nacido con “neuronas quemadas” y necesitaba el modelo de su hermano para seguir adelante. Son uña y mugre por omisión.

Al querer superar las secuelas mentales del terremoto, para José no hubo otra manera de hacerlo, como había sido toda su vida, que junto a su hermano. Cada quien busca la forma de matar a sus demonios, y la de estos dos mellizos fue la música. La música fue el camino para poder canalizar todas sus frustraciones y rabias acumuladas. Para poder apaciguar los recuerdos de los cadáveres en las calles de su ciudad y para aliviar la impotencia hacia las autoridades que nunca supieron cómo tratar a su adorada Huaraz.

Este mecanismo para sanar y sobrevivir su trauma les vino bien con la explosión del turismo en la zona. No había más músicos, por lo que asistían a cada lugar que necesitaba de una melodía. 33 “Peñas” fueron las inauguradas por los hermanos en sus años de músicos. Además de ser altamente solicitado, el “Boom” turístico llegó también a tocar el corazón de José.

Después de Cuzco, Huaraz era la ciudad más cercana a Lima por lo que era un lugar atractivo para los turistas europeos. “Mi primera pareja fue una alemana”. No todos los recuerdos de Huaraz están manchados con traumas e infortunios.

Aunque José haya seguido otro camino profesional, su mellizo sigue dedicado a la música. Intentó estudiar para ser médico, pero nunca abandonó su pasión musical, hasta que esta se convirtió en su profesión. Quizás nunca le interesó la medicina o quizás sigue intentando borrar las secuelas de aquella tragedia.