AÑO 1991

Año 1991. Martes 18 de junio. Una de la madrugada.  

El techo de calamina de un segundo piso retumba con el viento. Las paredes se humedecen. Uno de los cables eléctricos de la calle se mueve haciendo un ruido altisonante al chocar con el viento. La luz de la cocina empieza a despedir pequeños destellos.

Esa noche fue la más rara de todas. El clima había cambiado repentinamente. Los antofagastinos empezaban a encender sus luces. Ariela Farías, madre de tres hijos y trabajadora en una empresa minera, estaba acostada en su cama. Pero sus ojos estaban abiertos como los de una lechuza. Estaba asustada, una lluvia descomunal había irrumpido su tranquilidad. 

Antofagasta está ubicada al norte de Chile y dentro del desierto de Atacama. Considerada la quinta ciudad más poblada del país es una ciudad tranquila que solo se ve afectada por las temperaturas que varían entre frío, por las cordilleras, y calor, por el desierto. Muchos se quejan por los vientos que vienen del sur, que son también la causa de las mínimas precipitaciones. Pero nadie imagina que estas variantes climáticas podrían destruir la ciudad. Ni siquiera por la gran cantidad de quebradas que la hacen susceptible de aluviones.  

Año 2021. Día de la entrevista 

En una casa de Antofagasta, en la zona del pasaje Camar 871, cerca de una de las quebradas de la ciudad, vive Ariela Farías Santander, tiene 65 años, está sentada en la cocina, arreglada, con el pelo corto y una ropa casual. Su hija le da su celular y abre la aplicación de videollamadas. Se mira en la cámara del celular y entra a la reunión virtual, tres jóvenes la estaban esperando y le dan la bienvenida.  

-¿Cómo se encuentra, señora Ariela?- pregunta la joven entrevistadora peruana para calmar los nervios de la mujer. “Bien”- responde la antofagastina mientras sonríe. La entrevistadora se presenta y le comenta acerca del porqué de la conferencia y cómo se va a realizar.

Coméntenos acerca del lugar dónde se ubicaba en 1991 ¿Con quiénes vivía, cómo era todo?- pregunta la joven entrevistadora.

Lunes 17 de Junio de 1991 

5:00 p. m. 

Ariela (34) está en la cocina de su casa lavando platos. La casa no es la misma, es distinta a la de la videollamada. Está ubicada en otra zona de Antofagasta, específicamente, en la calle Pratt B. Tiene dos pisos y es alquilada. Ella vive en el primero y los dueños de la residencia, en el segundo. 

Sus dos hijos la interrumpen con sus risas. Priscila de 14 años y Víctor de 10 se encuentran jugando en la sala. Bryan de un año y medio está en su cuarto descansando. 

Ricardo entra a la cocina y se acerca a darle un beso a Ariela, ella cierra el grifo del lavador y gira a ver a su pareja.  fue su novio durante un par de años, junto a él se mudó a una zona más alta de la ciudad para poder vivir su propia vida junto a sus hijos.

Juntos salen de casa y los vientos fuertes empiezan a silbar en el ambiente. Ariela mira hacia arriba con la mano en la cabeza y observa el cielo gris y apagado. Ve a Ricardo preocupada. Ambos habían visto las noticias y no podían evitar inquietarse por los cambios meteorológicos. Las lloviznas no cesaban y muchos pedían tener cuidado con las quebradas de la ciudad. 

7:00 p. m. 

La rutina del día, modificada últimamente por el ruido y la molestia de las extrañas lluvias, prosiguió sin ningún inconveniente. Los niños, cansados de jugar, se acostaron temprano, y no pasó mucho tiempo antes de que la pareja los siguiera. Con un bostezo ligero, Ariela se dirige a la pared y apaga la luz. Todos yacen dormidos en las habitaciones de su hogar. 

9:00 p. m. 

Un ruido estrepitoso despertó a todos en la familia. Mientras se ajustaban a la oscuridad, se dio cuenta de que lo que pudo escuchar era el grito de una mujer. El grito procedía de la casa. Ariela asustada se levanta rápidamente de la cama como si hubiera conseguido dormir más de una noche entera. Ricardo se encuentra igual. 

Cuando consiguen ubicarse en el panorama, se dan cuenta que el grito viene del piso de arriba. Rodrigo y Ariela suben a la segunda planta y empiezan a empaparse por la lluvia. El techo de la casa, de calamina, ya no se encuentra. Había salido volando debido a la tempestad. Los dueños estaban asustados y preocupados, no había tiempo que gastar, pues las pertenencias se estaban echando a perder. Ricardo y el hijo de los vecinos optan por bajar los muebles y electrodomésticos, mientras oyen el retumbar del viento. 

Los daños en la casa no parecen comprometer la estructura, pero Ariela no se encuentra tan confiada. A pesar de todo y, por el momento, resguardarse en la casa servirá. Los niños se encuentran asustados, pero su madre los calma susurrando que todo estará bien. Ariela se dirige a la habitación contigua, desordenada debido a la interrupción de las cosas empapadas de los vecinos, y mira por la ventana por sexta vez. Al otro lado, la calle parece haberse convertido en una quebrada. Y Rodrigo se dirige a ayudar.

Martes 18 de junio de 1991 (Día del aluvión) 

2:00 a. m. 

Ariela mira a su vecino, joven igual que ella, y mira a sus hijos durmiendo. ¿Sería capaz de ayudarlos frente a cualquier repentino suceso?-piensa, mientras su vecino trata de abrigarse con una colcha.

Año 2021. Día de la entrevista 

Ariela se queda pensando un rato. La joven entrevistadora observa su rostro preocupada y le pregunta si todo está bien. La mujer asiente. “Sí, todo bien”-responde. El silencio se apodera de la llamada. Nadie dice nada. ¿Cuántos años tienen sus hijos? -dice la joven entrevistadora tratando de llevar la conversación por otro camino. 

“Cuando ocurrió lo del aluvión, lo único en que pensé fue en mis hijos. En ese entonces tenía tres hijos. Priscila, Víctor y mi pequeño Bryan. Estaba orgullosa de ellos. Los amaba más que nada en el mundo. Todo fue tan repentino. Siempre me he caracterizado por ser una mujer luchadora, eso lo aprendí de mi madre. Trabajaba mucho para poder tener algún sustento económico. Recuerdo que yo lloré mucho en ese tiempo porque mucha gente falleció, desapareció, gente que daba sus anécdotas de todo lo que paso, de gente que algunas personas echaron a sus niños en las lavadoras para que se salvaran algunas lo lograron y otras no. Las casas por la calle La Escondida, todo eso desapareció, muchas casas desaparecieron y familias completas. Quedó inundado todo, había casas que se le veían las puntas. Hay muchas cosas que fueron a dar al mar…”-responde Ariela mientras se queda mirando la pantalla del celular. 

Martes 18 de junio de 1991 (Día del aluvión) 

2:30 a.m. 

Al ver llegar a Ricardo, ella corre hacia él con un abrazo. Luego de hablar un rato, se dirige al cuarto de sus hijos. Los mira desde afuera, mientras el cansancio postergado empieza a atacar su cuerpo. Con un bostezo, se dirige a la pared de la otra habitación. Sin embargo, no hay luz que apagar, ni tampoco encender. 

Miércoles 19 de junio de 1991 

6:00 a. m. 

Ariela se levanta junto a sus hijos. Aún hay que preparar el desayuno con lo que queda. El grifo se abre, pero no hay agua. Como puede, sale de la casa y atraviesa la ciudad enlodada en un bus que apenas consigue avanzar por las calles. Ariela cree que los daños a las propiedades son lo de menos. Se acerca a la ventana del vehículo, va rumbo al centro de la ciudad, donde se están haciendo desviaciones. Ariela se encuentra ante un panorama de película, sus ojos se humedecen, mientras la suave brisa le indica que ha tenido suerte. 

Año 2021. Día de la entrevista 

Ariela, culminando su testimonio, toma un poco de agua. Respira y continúa. 

“Ahí habían personas tiradas, enterradas en el barro, que quedaron en las mallas de las tiendas. Había autos y todo inundado completamente. El bus que me llevaba pasó y yo llegué al trabajo, no entendía cómo pude pasar. Quedé impactada, no entendí como una lluvia podía haber desencadenado todo eso… luego nos enteramos que se había roto una matriz más arriba y eso arrastró muchas casas”, le cuenta a la entrevistadora. Aunque todo ha pasado hace treinta años, el recuerdo sigue fresco. 

19/06/1991, Antofagasta